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¿Dónde reside el poder del Estado?

Esta pregunta es de vital importancia a la hora de poder encontrar cuáles son aquellos puntos a través de los cuales se puede desmontar al Estado. Uno no puede simplemente, o no debería, ir a pecho descubierto contra un adversario, sino que ha de saber todo aquello que le sea posible sobre el poder de dicho rival.

Cualquiera que esté leyendo este artículo podría pensar que el poder de los Estados reside en los ejércitos, al fin y al cabo un Estado no puede desarrollar su actividad más básica (cobro de impuestos, imposición de normas, creación de nueva normativa, etc) sin una amenaza de castigo en caso de no cumplir con lo que el Estado dictamina, si el Estado no tuviese el monopolio de la violencia y no pudiese castigar a nadie por no pagar impuestos o por no cumplir con las normas establecidas, entonces carecería de algún tipo de autoridad.

Este análisis es cierto aunque es incompleto, ya que el poder no reside únicamente en el poderio militar sino en la creencia que tiene la sociedad en el Estado. Probablemente estas dos no sean las únicas variables que entren en juego, seguramente haya más, no obstante me gustaría reflexionar sobre ella en este artículo (aunque animo al lector a que aporte aquello que crea oportuno).

La inmensa mayoría de la sociedad no sólo no pone en duda la legitimidad del Estado, sino que probablemente no conozca aquellas teorías que tratan (sin mucho éxito) de cubrir de autoridad política al Estado. La teoría clásica del Contrato Social, a pesar de ser un concepto más o menos importante a nivel histórico, no es algo que marque la agenda más prioritaria de la ciudadanía, y es lógico. Los hay quienes dicen que el Estado se da a si mismo autoridad, algo cuanto menos curioso.

Ya tuvimos ocasión de exponer aquí el por qué el Contrato Social (y todas sus variantes) no tienen ningún tipo de validez ni pueden demostrar la autoridad política del Estado, por lo que el Estado carece de todo tipo de legitimidad. Sin embargo, el hecho de que la inmensa mayoría de la población crea en el Estado es lo que le otorga el poder, que no la legitimidad, esta no la tendría nunca.

La sociedad europea, y en especial la española, cree que el Estado ha de intervenir en prácticamente todo, gracias a un estudio de la Fundación BBVA podemos ver cómo esto es así.

Aquí podemos ver que España es quizás el país donde más importancia se le da a la intervención del Estado, aunque el resto de países no se quedan cortos. Casi el 100% de los españoles cree que debe ser el Estado el que provea de cobertura sanitaria a todos los ciudadanos y de asegurar algún tipo de pensión suficiente para las personas jubiladas. Por otro lado, más del 80% cree que el Estado debe controlar los precios, los salarios o los beneficios de las empresas.

Viendo esto, no es casualidad que hasta el 76% de los españoles crea que el Estado debe tener la responsabilidad principal en asegurar que todos los ciudadanos puedan gozar de un nivel de vida digno, no cada individuo.

No hace falta entrar en mucha evidencia empírica para obsevar que la creencia de los ciudadanos en el Estado es muy grande, hay muy pocos ciudadanos que crean que el Estado no tiene que asumir ningún tipo de responsabilidad, es más, también hay muy pocos ciudadanos que crean que el Estado tiene que asumir una serie muy limitada de funciones, como son las típicas otorgadas por el minarquismo (seguridad, defensa y justicia). Y no hay que irse demasiado lejos, la más mínima proposición de una bajada impositiva, con la consecuente bajada de gasto público, es tomada como una especie de ofensa y poco menos parece que estos «quieren que la gente se muera».

Si existe una «batalla cultural», podemos ver que claramente la han ganado los aliados del Estado, hay pocas dudas al respecto. Desde principios del siglo XX hasta la actualidad, vemos como el tamaño del Estado se ha ido incrementando. Desde un tamaño máximo del 20% en Alemania en 1900, y donde la media estaba cercana al 10%, en el 2011 ninguno de estos Estados baja del 46% (entre el total del gasto público y los intereses). En algunos casos ha podido disminuir desde 2011 pero no ha sufrido una reducción considerable. Salvo Suiza, ningún país de los mencionados baja del 40% (únicamente en gasto público) de peso sobre la economía.

Con lo cual, podemos ver que la «batalla cultural» la vamos perdiendo los partidarios de una disminución (incluso eliminación) del Estado, por ahora. Como he dicho anteriormente, una parte importante del poder que tiene el Estado se basa en la creencia que tiene la masa popular (la sociedad, en definitiva) de que el Estado es necesario, y que por tanto lo va a defender, si esa masa se volviera contra el Estado y creyera que no tiene que seguir monopolizando una serie de actividades que actualmente lleva a cabo, muy probablemente el Estado perdería fuerza, quizás no de inmediato, pero si se vería muy mermado en comparación con lo que tenemos ahora.

No es lo mismo controlar a una población que cree en ti a controlar a una población que no lo hace, y es ahí donde debemos incidir. Si la gente no es consciente de que el Estado es ilegítimo, por mucho empeño que le pongamos no veremos como se va deshaciendo poco a poco, el mensaje ha de llegar a la gente. Este no va a ser un trabajo sencillo, ni muchísimo menos, y va a provocar muchísimo desgaste en determinadas ocasiones, pero el que de verdad crea en esto debe (al menos) intentarlo.

Sin embargo, no se trata de engañar a la masa, no nos equivoquemos, ni en usar ningún tipo de demagogia ni populismo, sino en hacer ver al mayor número de personas posibles que el Estado no tiene ningún tipo de autoridad política para hacer con sus vidas lo que quiera, de que el Estado es profundamente ineficiente e ineficaz, de que no hay ningún tipo de obligación por parte de la ciudadanía de obedecer al Estado y que las personas tienen derechos anteriores al Estado.

Decía Antonio Gramsci, en resumidas cuentas, que quien tiene la hegemonia cultural acaba teniendo el poder, y eso justamente es lo que han conseguido todos aquellos movimientos en pro del Estado. ¿Cuántos historiadores, sociólogos, politólogos, economistas, artistas, pensadores, etc han revestido de autoridad al Estado ante los ojos de la población? Son muchísimos como para enumerarlos ahora.

Si la fuerza del Estado se mantiene generalmente gracias a dos pilares, como son el poder militar y el poder que le otorga la población, debemos fijarnos en este último y darle la vuelta al marcador. La «batalla cultural» debe ir dirigida a convencer a la población.

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